sábado, 2 de marzo de 2013

La delgada línea entre tú y yo.

Ella mira de forma misteriosa, quizás fría. No es hiriente, ni mucho menos. Simplemente lejana, como si estuviera a kilómetros de ahí. Como si fuera otra persona totalmente distinta.
Dicen que mucho calor da frío y que mucho frío quema. Algo parecido sucede entonces en él. El hielo de los ojos de ella incendia una llama de furia en lo más profundo de su ser. Aunque, en su caso, él siempre ha sido muy propenso a esas cosas... Ya sabes, a quemar. Ya sea por deseo, ya sea por falta de control, o por el mero placer de ver las llamas avanzar.
Y él es consciente. Le gusta, y todo. Siempre se ha sentido superior. ¿A quién no le gusta el calor? Sabe que con su sonrisa provoca casi reacciones químicas. Luego, cuando se cansa, solo tiene que empujar un poco más. Así es como maneja ese interesante juego de cartas. Sin ir más lejos, sabe que a ella le ha quemado más de una vez.
Recuerda haber cojido su finísima cara entre sus manos. Recuerda haber manejado su cuerpo con hilos, como si de una marioneta se tratase. Y se había sentido tan poderoso... Como con todas. Al fin y al cabo, ella es una más, y sus ojos cargados de inocencia habían tardado su tiempo en despojarse de ésta y ver la cruda realidad.
Pero ahora era desconcertante. Siempre había vuelto con la misma cara de ilusión; así cualquiera la ganaba al póker. Pero esta vez, era indescifrable. Ni siquiera tenía claro que estuviera sonriendo. La falta de transparencia le ponía de nervios. Parecía que, por una vez, él no tenía el mando de la situación.
-¿Qué tal todo?- Pregunta, rompiendo el silencio. Como si eso pudiera romper el hielo.
-Bien. -Responde ella. Sigue mirando.
-Eso he oído. Novio y todo. -Intenta sonreír.
-Sí. -Se limita ella a contestar.
No sabe qué hacer. Su mirada le incomoda. ¿Dónde está su seguridad?
-¿Qué coño te pasa? -Se rinde rápido con el modo educado.
-¿A mí? Nada. ¿A tí? ¿Estás incómodo? -Una pequeña sonrisa empieza a asomar.
-No, pero no sé, joder, dí algo.
-Ya. -Se acerca. Sigue sonriendo.- Estás incómodo, ¿verdad? -Él no responde. Ella sigue.- Esto me pasaba a mí siempre. Siempre que estaba contigo. Tú siempre te creías más fuerte; yo no. Verás, esa es la delgada línea entre nosotros: yo no me engaño. Siempre he sido como un libro abierto. Pero tú estás empeñado en convencerte de que controlas el mundo con tus dedos, cuando todo lo que tocas lo destruyes. Y al final, acabas solo. Eso te asusta, por eso no lo quieres reconocer. Pero sabes que, no solo desde que yo me fui, sino que desde has decidido esconderte en ese estúpido armazón, solo te quemas a tí mismo. Y si nunca entendiste la palabra fragilidad, es porque nunca te entendiste a tí mismo.
A.